Seguramente no debería escribir estas palabras, pero no soy yo quien escribe, eres tú. Todo terminó con una mirada, profunda, aviesa, pero no cariñosa. Cariñosa no. ¿Qué escondían aquellos ojos que tan atentamente me miraban? ¿Por qué parecía que me veían por primera vez?
Todo empezó una noche en la playa. El manto estrellado cubría el mar y la única luz provenía de una hoguera que iluminaba sus fracciones con ondulantes sombras que perfilaban sus rasgos. Yo sólo veía una bonita poesía visual.
Nos hablamos. Nos conocimos. Nos reimos. Esperamos juntos el amanecer. Y el amanecer llegó, pero nunca llegó ni una pizca de cariño, algo que mi corazón tanto anhelaba. ¿Por qué?
Nunca me mentiste, nunca dijiste que quisieras nada y todas las promesas que no pronunciaste yo las dibujé en mi cabeza. ¿Es por eso por lo que hoy me siento tan decepcionado? Es posible, pero algo he aprendido de ti, y es que las palabras no pronunciadas, dichas con los ojos, no se las puede llevar el viento.
Se pudren en nuestro interior.
En un día de estos en que suelo pensar
“hoy va a ser el día menos pensado”,
nos hemos cruzado, has decidido mirar,
a los ojitos azules que ahora van a tu lado.
Desde el momento en el que te conocí
resumiendo con prisas Tiempo de Silencio
te juro que a nadie le he vuelto a decir
que tenemos el récord del mundo en querernos.
Por eso esperaba con la carita empapada
que llegaras con rosas, con mil rosas para mí,
porque ya sabes que me encantan esas cosas
que no importa si es muy tonto soy así.
Y aún me parece mentira que se escape mi vida
imaginando que vuelves a pasarte por aquí,
donde los viernes cada tarde como siempre,
la esperanza dice quieta quizas así.
Escapando una noche de un bostezo de sol
me pediste que te diera un beso.
Con lo baratos que salen mi amor,
qué te cuesta callarme con uno de esos.
Pasaron seis meses y me dijiste adiós,
un placer coincidir en esta vida.
Allí me quedé, en una mano el corazón,
y en la otra excusas que ni tú entendías.
Y es que empiezo a pensar
que el amor verdadero es tan sólo el primero.
Y es que empiezo a sospechar
que los demás son sólo para olvidar…
La Oreja de Van Gogh – Rosas

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